Mujeres diversas, mujeres únicas

Soy afortunada de trabajar con mujeres. Rodearme de ellas. Acompañarlas, dejarme acompañar.

Mujeres compañeras, mujeres amigas, mujeres desconocidas.

Las veo luchando, riendo, sangrando heridas invisibles.

Las veo compartiendo sus grandezas, confesando sus miserias, sus rabias, a mí, a veces una extraña.

Mujeres únicas, belleza en cada cual, así tal como son, así tal como se ven.

Las oigo contar los discursos que les han repetido desde sus más tiernas infancias. Cuando los reconocen, descubren sus sombras y las abrazan.

Las escucho en silencio porque en cada palabra entregan un pedazo de sus vidas, de nuestras vidas. Y luego vuelven a entrelazar los trapillos que les quedan a mano. Para rearmarse, para disfrutarse, para volver a empezar.

Mujeres madres, mujeres hijas, mujeres pájaro, mujeres árbol, mujeres descubriéndose y reencontrándose, mujeres peces.

Las siento aguerridas, temerosas, inciertas, desconfiadas.

Y tienen razón, porque nos han quitado poder. Ese poder que es capaz de arrasar una ciudad entera la naturaleza, el poder que tienen las lobas cuando siguen sus instintos. El poder que hace sentirnos hermanas, unidas por un hilo rojo desde los inicios de los tiempos, todas, comenzando por Lilith.

Nos han quitado nuestra única belleza, ¿ya les dije que es única? Esa misma que vemos cuando abre sus pétalos una flor, una de muchas y luego marchita y vuelve a su origen; siguiendo el ciclo de la vida.

Por Kai Uwe Faust

Mujeres valientes, mujeres que se esconden, mujeres que buscan saciar ese vacío que nos han dejado.

Nos han contado mentiras, por nuestro propio bien, se nos ha dicho. Y no han sido más que trampas, cebos envenenados que nos han adormecido. Nos han anestesiado y nos han hecho vivir una vida de zombies.

Mujeres en todas sus facetas, mujeres con mil rostros, mujeres culposas, algunas se prohíben tragar, otras no pueden detenerse. Unas olvidan con diversas sustancias, otras sacrifican más de lo que pueden. A todas nos han pasado a llevar. Nos han botado mil veces y volvemos a levantar, aunque sea el rostro, aunque sea el último pedazo de alma al que le queda luz. Mujeres que se conforman, y siguen porque hay que seguir, porque no se nos deja conciliar, porque no nos permiten dejar brotar el amor, ese que se quedó enclaustrado en nuestros trabajos mecánicos, indignos.

Ya no… muchas han abierto bien sus ojos, otras empiezan a refregárselos y a recobrar sentido, ese sentido que nunca debimos dejar escapar. Ese que te hace saberte única, talentosa, sabia, poderosa, intuitiva, creativa, soberana.

Todas distintas y a la vez somos todas en una misma.

Todas incomparables y una sola cosa en común me provocan: una gran ADMIRACIÓN.

Dra. María Inés Arce Valdés

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